Es bien sabido que toda disciplina científica debe subrayar la fundamentalidad de su objeto y, si esto es así, hay que agregar que ninguna disfruta de una tradición tan dilatada y rigurosa al respecto como la Filosofía. Que los modelos occidentales de conocimiento, creación, análisis y transmisión dependen y se fundamentan en la actividad que fue definida gracias al surgimiento de la actividad filosófica parece fuera de toda duda. Del mismo modo no parece rigurosamente discutible que la tarea filosófica ha reivindicado para sí la tarea de complementariedad, generalidad e interdisciplinariedad que, por propia definición, eluden numerosas disciplinas vinculadas en el origen y autonomizadas en el curso histórico del común tronco que fue la propia Filosofía. Por otra parte, es un hecho cultural indiscutible que la Filosofía ha sido históricamente un factor determinante en la configuración y vertebración de un espacio europeo común, tanto cultural como sociopolítico, apoyado en principios que hoy reconocemos como universales (derechos humanos, libertad de conciencia, pensamiento crítico, ciencia moderna, etc.).
En general, la Filosofía ha cumplido una tarea cultural que va más allá del origen de nuestro modo de afrontar la realidad, o, aún, del deseo de dotar a la conciencia de una visión que conjuga la particularidad de los objetos y la universalidad del horizonte que los incluye a todos. Especialmente relevante resulta dicha tarea en el mundo contemporáneo. Hoy, cuando el reconocimiento de lo que es la historicidad misma de la conciencia inquieta notablemente, cuando la ciencia confronta sus posibilidades con la problemática ético-moral y la praxis política está abocada a una reordenación incontestable, cuando las nociones mismas de proceso y progreso se someten a cuestión, parece absolutamente imprescindible la mirada filosófica sobre los problemas y dilemas que abordan otras disciplinas. Es la Filosofía, en efecto, el saber que reivindica para sí la renovada categorización de las realidades culturales y de la praxis humana. En tal sentido, la Filosofía viene a responder a una demanda de la realidad social: su campo de acción no queda restringido, como ya ha sido observado, a la genealogía e historización de sus propios recursos, sino, más esencialmente, a la reflexión y producción categorial que sirvan a la comunidad para entender, calibrar y valorar los fenómenos que genera, indefectiblemente, toda realidad social. La función de articular los distintos saberes científicos y humanísticos y de impulsar la comunicación mutua, junto con la reflexión sobre esos mismos saberes, es tanto más importante en la actualidad cuanto más complejo y parcializado es el ámbito de la ciencia. Como ya quedó reseñado en el Libro Blanco de la titulación de Filosofía: “En definitiva, la sociedad precisa del conocimiento, de modo que éste, en su acepción profunda, es una necesidad social que desborda ampliamente el ámbito académico universitario. Así planteada la cuestión, la titulación de Filosofía puede contribuir de modo especial a la nueva sociedad del conocimiento. De hecho históricamente ha jugado un papel determinante en la configuración y vertebración de un espacio europeo constituido sobre bases de tanta proyección como son el pensamiento racional crítico, la libertad de conciencia o el reconocimiento de la dignidad y de derechos de los seres humanos, además de la génesis y desarrollo de la ciencia moderna y de la tecnología a ella asociada. En la actualidad se trata de renovar y adecuar ese papel a las características de la sociedad actual, pero sin perder de vista su función comprensiva y crítica tanto para el grupo social como para los individuos que lo integran”. Dejando al margen estas consideraciones fundamentales, no se debe olvidar que los estudios de Filosofía cuentan con una sólida e influyente tradición en Europa así como en el ámbito anglosajón en general, como se hace notar asimismo en el Libro Blanco.
En cuanto al interés profesional La titulación de filosofía proporciona al estudiante las herramientas necesarias para conocer las grandes interpretaciones de la realidad y del ser humano que han pretendido en el pasado o pretenden en el presente dar sentido a los problemas que la humanidad ha afrontado a lo largo de la historia o afronta en nuestro tiempo. Aunque las salidas tradicionales han sido la docencia y la investigación, en nuestros días la formación filosófica permitirá al egresado en Filosofía desempeñar la actividad profesional también en el marco laboral de instituciones y empresas desarrollando funciones en distintas áreas y ámbitos como, por ejemplo, el mundo editorial y en la crítica literaria y textual, administración en Fundaciones, en los medios de comunicación, en empresas político-culturales, en la función pública, en el ámbito de la gestión y la mediación cultural, en consultorías, en los servicios civiles, en bienestar social, en el ámbito de las tecnologías de la información e incluso en el área de las relaciones públicas, etc. Hay que tener presente asimismo que la formación en Filosofía tiene demanda como complemento profesional para quienes ya se encuentran activos en el mercado de trabajo (i. e., una versión sustantiva de los programas de “extensión universitaria” o de “continuing education” de las Universidades anglosajonas).